La vida es dura, todos lo saben. Talvez algún día conozcamos ese momento donde no nos importará.
- Reese - llamó pero no le respondí.
Seguía caminando.
- Reese, te hablo.
No volteé.
- ¡Ayudame!
Aun así, no le hice caso. Pero me tomó de la mano y me jaló muy fuerte.
- ¡Y un demonio! ¡¿Que quieres?! - grité.
Por un momento pensé que iría a llorar, pero me dió una bofetada.
- Es tuyo. en serio - dijo y empezó a llorar.
- ¿Como puedo estar seguro? - le pregunto secandole una lagrima.
- Cuando nazca le haremos un examen de sangre si quieres.
No respondí, me mortificaba realmente la idea de tener un hijo. Podría mantenerlo, pero no cuidarlo.
- No me haré cargo.
- Reese. Por favor - y siguió llorando.
- ¿Cuantos meses?
- Cinco.
- ¿Si no es mío?
- Es tuyo, te lo aseguro.
- No puedo - hago una pausa, recapacito - no puedo arruinar mi vida de esa forma.
- ¡Pero es tu hijo!
- ¡No me importa! - le grito, ella cae y se pone a llorar y me largo corriendo de ahí.
Me siento como un maldito, sin embargo se que hago lo correcto. Lo hago por mis sueños, y por mi familia.
- Idiota - me dijo Walter, la siguiente mañana. Se había enterado.
- El hijo de Mariana no es mío y aunque fuera mío no es mi problema.
Despues de todo, seguimos en la secundaria.
La vida es dura
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